miércoles, 14 de marzo de 2012

Renacer 12 | Año 3 | Marzo 2012 | Testimonios

MI PRIMER CARRETE CON COPETE

Empecé a tomar a los 15 años. Mi primera borrachera la recuerdo muy bien: me tomé tres vasos largos de vino mezclado con jugo en polvo de piña. Los bebí casi “al seco”, muy rápido. Naturalmente, me embriagué en muy poco rato. Fue en la casa de un amigo y compañero de curso, antes del cumpleaños de otro compañero.

Mi forma de comportarme cambió esa noche. Recuerdo claramente que decía cosas chistosas, locas, llenas de seguridad y humor; sentí una mezcla rara entre alegría excesiva y gracia. Pero eran muy raras en mí. Sentí que descubría un nuevo mundo, donde ya no existía la inseguridad típica mía, el temor al ridículo, el temor al qué dirán. De hecho mi autoestima en ese momento estuvo por las nubes; me sentí muy atractivo para las mujeres. Llegué incluso a decir: ¿dónde están las minas?, ¡quiero ver minas!”. Cuando caminábamos hacia la casa del cumpleañero y llegaba el momento de cruzar la calle decía: “¡Cuidado! ¡Los autos matan!”. Caminábamos por la calle con un amigo abrazados y cantando en inglés. Les decía a mis buenos amigos lo mucho que los estimaba, sentimiento que nunca había verbalizado antes, al menos de esa forma.

Llegamos al cumpleaños y lo que más recuerdo, es haber fracasado tras varios intentos de  conquistar a más de alguna niña. Estaba ebrio. No era raro que no quisieran entablar una conversación, ni menos bailar con alguien en ese estado.

Ese fin de semana no sólo fue particular para mí, sino que causó también sorpresa entre mis amigos y compañeros. El lunes en el colegio fui causa de burla en el curso; incluso yo lo tomaba para la risa diciendo que “había sido una reencarnación”. No le di mayor importancia; al fin y al cabo, tenía un muy buen rendimiento de notas y buen comportamiento, no tenía problemas en mi casa con mi familia, resultaba muy atractivo para las mujeres, me sentía muy querido por mis amigos y mi familia. No me faltaba nada, creía ser feliz.

Pero en el fondo de mí ese fin de semana sí tuvo mucha importancia, pues conocí un nuevo mundo, donde me sentía seguro de mi mismo;  me sentía con chispa, humor, muy alegre, casi eufórico.

Pasaron sólo dos semanas, cuando ya estaba en otro carrete en la casa de mi amigo y, me vi de repente experimentando otra borrachera. Esta vez lo pasé mal, tomé grandes sorbos, “al seco”. Me empecé a sentir mareado, veía borroso, se movía todo, transpiraba frío, terminé vomitando.

Al día siguiente me sentí pésimo. Más allá del malestar estomacal y la deshidratación, me atemorizaba lo que fueran a pensar de mí mis amigos y compañeros; con qué talla saldrían ahora, qué opinaría el papá del amigo que fue a buscarnos al carrete y me vio en ese estado. Como se dice hoy: “caña moral”, y claramente, física también.

Sin embargo, las bromas no fueron tan terribles el día lunes en el colegio, pues lo manejaba bien, no tomándolas en serio. Lamentablemente nadie se preocupó por lo que ocurrió en ese segundo carrete; partiendo por mí. Mis padres no se enteraron nunca, ya que ese fin de semana “casualmente” no estuvieron en la casa. Pasó desapercibido.

Mis amigos de entonces me dieron un consejo para los próximos carretes: “no había que tomar tan rápido”,  “se disfruta más si se toma más lento”. Yo me dije: esa es la solución.

Luego vendrían más carretes, y obviamente, más trago. Ahora, sin embargo, experimentaba a medida que el tiempo pasaba, con tragos más fuertes. Conocí la piscola, mi querida compañera de largas noches

 Creí que había aprendido a tomar, porque me daba cuenta de que cuando ya estaba “entonado” había que empezar a beber en sorbos más chicos. Me gustaba mantenerme en ese estado, porque, además de reírme con mis amigos, era capaz de entablar conversaciones con bonitas mujeres, bailar con ellas y hasta tener pequeños romances adolescentes que duraban una noche.

Así empezó mi carrera alcohólica.

Actualmente tengo 28 años. Soy un AA en proceso de recuperación. Lo que empezó como un juego, me llevó a la ansiedad generalizada; luego a la angustia vital y por último, a la depresión severa. Recibí mucha ayuda médica. Al principio, la terapia no hizo más que anestesiar mi sufrimiento. Luego, Dios quiso darme la oportunidad de conocer a un muy buen psiquiatra. Gracias al buen trabajo de este terapeuta, reforzado con medicamentos antidepresivos, salí adelante. Logré incluso terminar mis estudios superiores y ser un profesional. Conseguí un muy buen trabajo. Todo estaba muy bien. Sin embargo, nunca pude dejar el trago por mi propia fuerza de voluntad. Sólo lo conseguía por algún período limitado de tiempo. Eso, me llevó a admitir que era impotente cuando se trataba de alcohol y que sólo Dios era capaz de ayudarme frente a esta enfermedad.

Y puedo decir honestamente que está resultando. Conocí un maravilloso grupo de personas que lo único que desean, es ayudarme con mi problema de alcoholismo. Conocí también un programa de 12 claros pasos, que me sugiere, sólo por hoy, mantenerme firme con la ayuda de mi Poder Superior y no beber.

No cambio ni siquiera todos mis años de carrete y copete, por estos minutos que vivo en sobriedad y  en los que puedo escribir serenamente:

¡Felices 24 horas!

Patricio

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